El gran reto de la Misión Continental en América Latina

Homilía con motivo de la conmemoración de la Conversión de san Pablo y
lanzamiento de la Misión Continental en la Diócesis de Punto Fijo. 

     Queridas hermanas, queridos hermanos, la Iglesia que peregrina en Paraguaná ha querido resumir en una sola celebración dos acontecimientos que hacen historia en las Iglesia Latinoamericanas y Caribeñas: conmemorar al Apóstol Pablo en el año aniversario  2000 de su nacimiento y el lanzamiento de la Misión Continental pedida por los obispos reunidos en la V Conferencia General en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida en Brasil. Se nos ocurrió que una de las mejores formas de recordar a Pablo es proponer algunos puntos que sobre el discípulo misionero encontramos en el Documento final de Aparecida. Estoy seguro que, aunque yo no se los indique, a lo largo de la reflexión, ustedes encontrarán elementos que los harán pensar, por las coincidencias, en el Concilio Plenario de Venezuela y en nuestro Proyecto de Renovación Pastoral.  

«Promover y formar discípulos y misioneros»

     La V Conferencia General’ significa para la Iglesia de América Latina y el Caribe “una hora de gracia”, un “nuevo Pentecostés”, un auténtico “acontecimiento salvífico” que ha puesto a la Iglesia, peregrina en estas tierras, en un estado permanente de misión:

      «Al terminar la Conferencia de Aparecida, en el vigor del Espíritu Santo, convocamos a todos nuestros hermanos y hermanas, para que, unidos, con entusiasmo realicemos la Gran Misión Continental. Será un nuevo Pentecostés que nos impulse a ir, de manera especial, en búsqueda de los católicos alejados  y de los que poco o nada conocen a Jesucristo, para que formemos con alegría la comunidad de amor de nuestro Padre Dios. Misión que debe llegar a todos; ser permanente y profunda».

Pero cabe preguntarse: ¿Para qué esta misión? ¿Se trata de una reacción desesperada de la Iglesia ante el “éxodo” de católicos hacia los nuevos grupos y movimientos religiosos emergentes? ¿O será acaso un embate proselitista, en aras de ganar adeptos para la Iglesia? Concebir así la misión sería distorsionar su naturaleza más profunda, aunque no se descarta la tentación de entenderla de esa manera. ¿Cuál es entonces el gran desafío’ de la Misión Continental? El Documento Conclusivo lo señala de manera clara y contundente:

     «Aquí está el reto [desafío] fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios en la Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a todos» (Aparecida, 14).

     Así pues, la Misión Continental constituye, en sí misma, un desafío de la Iglesia hacía el mundo, pero es también un desafío para la Iglesia, pues le exige revisar el modo de entenderse, así como su modo de ser, de pensar y de actuar. Más aún, la obliga a redefinir su identidad, a reubicarse ante la realidad concreta y a reorientar su misión. Esto significa que la Misión Continental, antes que un programa de acción pastoral por parte de la Iglesia, es un llamado de Dios a la Iglesia a que recupere su identidad de Discípula Misionera de Jesucristo. Hacer vida este llamado divino le plantea el gran desafío de entrar en un proceso radical de Conversión Pastoral. Dicha conversión no solo es una exigencia, sino una condición sin la cual no será posible llevar a cabo con eficacia la Misión Continental. La Misión lo toca todo y a todos: en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con mejor claridad a la Iglesia, en cuanto signo  eficaz sacramento de salvación universal»

     Se afirma que «todas las auténticas transformaciones se fraguan y forjan en el corazón de las personas». De manera que no podrá haber          «nuevas estructuras si no hay hombres nuevos y mujeres nuevas que movilicen y hagan converger en los pueblos y ideales y poderosas energías morales  y religiosas ». La Iglesia dará respuesta a la exigencia del cambio de estructuras «formando discípulos y misioneros» (Aparecida, 538).

     El mayor desafío de la Misión Continental es promover y formar discípulos misioneros de Jesucristo. Pero este desafío implica otro de fundamental importancia: se trata, de la conversión pastoral de la Iglesia, conversión que, a su vez, encierra otra gran variedad de desafíos, los cuales deben ser afrontados con inteligencia creativa, bajo pena de convertir la Misión Continental en un discurso demagógico, en un idealismo ingenuo, en un proyecto estéril. ¿Cuáles son esos desafíos?   «Es necesario formar a los discípulos en una espiritualidad de la acción misionera, Al hablar de «espiritualidad de la acción misionera» nos referimos al conjunto de motivaciones de fe, motivaciones profundas, opciones fundamentales, actitudes, valores y comportamientos que deben vivir los Discípulos y Misioneros de Jesús, para llevar a cabo la Misión Continental que se basa en la docilidad al impulso del Espíritu. El discípulo y misionero, movido por el impulso y el ardor que proviene del Espíritu, aprende a expresarlo en el trabajo, en el diálogo, en el servicio, en la misión» (Aparecida, 284) 

1. TRES PRESUPUESTOS BÁSICOS PARA LA MISIÓN CONTINENTAL 

1. La experiencia de Dios: punto de partida y de llegada de la misión evangelizadora de la Iglesia.

     Ante una labor pastoral, a menudo pragmática y carente de vida, la Iglesia tiene el desafió de entender y vivir su labor pastoral-misionera como una experiencia de Dios.

La Experiencia de Dios constituye el fundamento último del ministerio pastoral y de la espiritualidad que lo sustenta. En consecuencia, dicho ministerio sólo será auténtico si tiene su fuente en la experiencia de Dios, se vive como experiencia de Dios y está orientado a fomentar dicha experiencia, tanto  en la Iglesia, como en los diversos interlocutores. Dicha experiencia implica la aceptación vital de Jesucristo y la apertura a la acción del Espíritu Santo, pues en la tarea evangelizadora, lo más importante no es transmitir una doctrina, sino dar un testimonio, nacido de la experiencia. Es experiencia de Dios Trinidad en cuanto que en ella se experimenta al Padre, que es quien nos llama a colaborar en la obra de salvación; se experimenta al Hijo, cuya presencia y praxis actualizamos con nuestra acción pastoral-misionera; y se experimenta al Espíritu Santo, bajo cuyo impulso actuamos. 

     La experiencia de Dios es señalada  como el eje fundamental de la misión de la Iglesia y de todo discípulo y discípula de Jesús: «sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad; puede responder a ella de modo adecuado; realmente humano». Por tanto, « si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y al no haber camino, no hay vida ni verdad». Pero también se reconoce que en la realidad concreta el discípulo puede hacer « la experiencia del encuentro con Jesucristo vivo», madurar su vocación cristiana y descubrir la riqueza y la gracia de ser misionero (cf. Aparecida, 167).

La experiencia de Dios se puede dar fundamentalmente en dos circunstancias: en la persona de Jesús, a quien escuchamos en su palabra, contemplamos en la oración, recibimos en los sacramentos y en el prójimo, “sacramento” vivo de Cristo, cuyo servicio por amor es un camino para amar y servir al mismo Cristo (Cf Mt 25,40). “Sobre este punto decía san Juan Crisóstomo: «Tú que honras el altar sobre el que se posa el cuerpo de Cristo, ultrajas y desprecias después en su indigencia al que es el mismo cuerpo de Cristo. Este altar lo puedes encontrar por todas partes, en todas las calles, en todas las plazas, y puedes en todo momento ofrecer sobre el mismo un verdadero sacrificio. Lo mismo que el sacerdote, de pie ante el altar, invoca al Espíritu Santo, así tú también inclinado ante el altar, no con palabras, sino con hechos, porque no hay nada que atraiga y alimente el fuego dé Espíritu como la abundante efusión del óleo de la caridad». (S. Juan. Crisóstomo).

Jesucristo es el camino para la experiencia de Dios: Él «y es el camino que nos permite descubrir la verdad; lograr la plena realización de nuestra vida!». Por tanto, «ser discípulos; misioneros de Jesucristo; buscar la vida “en El” supone estar profundamente enraizados en El». De hecho, el seguimiento de Cristo es fruto de una “fascinación” por El, de manera que « el discípulo es alguien apasionado por Cristo a quien reconoce como el maestro que lo conduce y acompaña » (Aparecida, 277). Y será esa experiencia de adhesión a Jesucristo la que nos hará capaces de ser amigos de los pobres y de hacernos solidarios con su destino (cf Aparecida, 257).

     Es de esa experiencia profunda de donde puede brotar el manantial de un ministerio pastoral fecundo, pues «cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo El nos salva (Hch 4,12) ». La experiencia de Dios es una fuente de donde «podrán surgir nuevos caminos y proyectos pastorales creativos, que infundan una firme esperanza para vivir de manera responsable y gozosa la fe e irradiarla así en el propio ambiente. Por tanto, es desde ese encuentro con Jesucristo, donde se ha de «expresar la alegría de ser discípulos del Señor y’ de haber sido enviados con el tesoro del Evangelio» (Aparecida, 28). 

2. Centralidad de Cristo y su proyecto del Reino

     Ante una peligrosa tendencia a polarizar la acción pastoral hacia la Iglesia misma (pastoral de conservación), la Misión Continental nos plantea el desafío de volver la mirada a Jesucristo como el paradigma absoluto de toda pastoral y a orientar la misión desde el horizonte del Reino, con un énfasis muy importante en el valor de la “vida plena” en Cristo.

     Además de la experiencia de Dios, como principio y fin de toda la acción evangelizadora, es la centralidad absoluta de Jesús, como paradigma de todo el ministerio pastoral de la Iglesia, así como la referencia obligada a su proyecto del Reino. Esto significa que «lo más decisivo en la Iglesia es siempre la acción santa de su Señor!» (Aparecida, 5), e implica el firme reconocimiento por parte de los discípulos de Jesús de que El es el primer y más grande evangelizador enviado por Dios (cf Lc 4, 44) y, al mismo tiempo, el Evangelio de Dios (cf Rm 1, 3), (Aparecida, 103). Pero también significa que «la Iglesia debe cumplir su misión siguiendo los pasos de Jesús y adoptando sus actitudes (cf. Mt 9, 35- 36)» (Aparecida, 31).

     El nuevo estilo de vida pastoral que la misión continental requiere no se podrá dar sin una profunda inmersión en el misterio de Cristo. En efecto, El es la luz para ver, el criterio para juzgar y la norma para actuar, en el ministerio eclesial. Por tanto, si quiere ser fiel y no perder el rumbo, la Iglesia debe preguntarse constantemente: ¿Qué hizo Jesús? (principales ejes de su ministerio). ¿Por qué lo hizo? (motivaciones profundas). ¿Para qué lo hizo? (intencionalidad)   ¿Cómo lo hizo? (actitudes). Y confrontar si hay coherencia en su actuar con el de Jesús, pues el gran cometido de la Iglesia no es otro que actualizar, en el aquí y ahora, bajo el impulso del Espíritu Santo, la praxis evangelizadora de Jesús, en orden a la propia autoedificación y a la extensión del Reino de Dios en el mundo.

     Aparecida nos recuerda que la participación en el ministerio pastoral de la Iglesia por parte de cada uno de sus miembros, brota de su participación en el ser sacerdotal, profético y regio de Jesucristo, gracias al bautismo. Es decir que « todo bautizado recibe de Cristo, como los Apóstoles, el mandato de la misión: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará” (Mc 16,15) » Por tanto, cada bautizado, «es portador de dones que debe desarrollar en unidad y complementariedad con los de los otros, a fin de formar el único Cuerpo de Cristo, entregado para la vida del mundo (Aparecida, 162).

     En principio, toda la misión está orientada a hacer realidad la «Vida plena en Cristo» en los Discípulos de Jesús y, a través de ellos, en nuestros pueblos. Y la vida es uno de los valores y signos fundamentales del Reino del Dios de la Vida: «Esta es la vida eterna: “que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado” (Jn 17, 3). La fe en Jesús como el Hijo del Padre es la puerta de entrada a la Vida (Aparecida, 101). En efecto, «Jesús quiere la vida plena para todos; para ello nos da su vida. Y llama a sus discípulos a hacer lo mismo» (cf. Aparecida, 106-113).

     La brújula orientadora de la Misión Continental debe ser el gran proyecto de la instauración del Reino (reinado) de Dios en el corazón de cada persona, de cada familia y de la familia humana en su totalidad. Ese fue el proyecto de Jesús y ese debe ser también el proyecto de sus discípulos: «Jesús con palabras y  acciones, con su muerte y resurrección inaugura en medio de nosotros el Reino de vida del Padre » (Aparecida, 143); «Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (çf Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma (Aparecida, 144) ».

      En consecuencia, «los seguidores de Jesús deben dejarse guiar constantemente por el Espíritu (cf Cal 5, 25), y hacer propia la pasión por el Padre y el Reino: anunciar la Buena Nueva a los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y anunciar a todos el año de gracia del Señor (cf Lc 4, 18-19)» (Aparecida, 152)24

     En el contexto de una globalización capitaneada por la ideología capitalista neoliberal, cuyos efectos más notorios en los pueblos de América Latina y el Caribe son la pobreza creciente, la exclusión social y el deterioro de la vida en todas sus manifestaciones, se hace más urgente que hay que luchar a favor de la “cultura de la vida” ya que: «Las condiciones de vida de muchos abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y su dolor, contradicen este proyecto del Padre e interpelan a los creyentes a un mayor compromiso a favor de la cultura de la vida. El Reino de vida que Cristo vino a traer es incompatible con esas situaciones inhumanas. Si pretendemos cerrar los ojos ante estas realidades no somos defensores de la vida del Reino y nos situamos en el camino de la muerte. Tanto la preocupación por desarrollar estructuras más justas como por transmitir los valores sociales del Evangelio, se sitúan en este contexto de servicio fraterno a la vida digna» (Aparecida, 358)

     Aparecida nos recuerda que el Reino instaurado por Jesús es el Reino de la vida, que   « la propuesta de Jesucristo a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión, es la oferta de una vida plena para todos» (Aparecida, 361)26. También señala que « la vida nueva de Jesucristo toca al ser humano entero y desarrolla en plenitud la existencia humana en su dimensión personal, familiar, social y cultural» (Aparecida, 356). Así mismo, indica los signos que expresan la presencia del Reino, entre otros: la vivencia personal y comunitaria de las bienaventuranzas, la evangelización de los pobres, el conocimiento y cumplimiento de la voluntad del Padre, el martirio por la fe, el acceso de todos a los bienes de la creación, el perdón mutuo, sincero y fraterno, aceptando y respetando la riqueza de la pluralidad, y la lucha para no sucumbir a la tentación y no ser esclavos del mal (Aparecida, 383) 

3. La primacía de la Palabra de Dios, «alma de la acción evangelizadora» de la Iglesia

Ante una acción pastoral con frecuencia desencarnada y vacía, Aparecida plantea a la Iglesia el desafío de vivir su identidad discipular mediante la escucha atenta de la Palabra de Dios escrita y “acontecida”.

     Otro de los grandes aportes de Aparecida es rescatar el papel fundamental de la Palabra de Dios, en su doble manifestación: escrita y acontecida. Haciéndose eco del Vaticano II, nos recuerda que «La Sagrada Escritura, “Palabra de Dios escrita por inspiración del Espíritu Santo”, es, con la Tradición, fuente de vida para la Iglesia y alma de su acción evangelizadora » (Aparecida, 247). Consciente de esto, el Papa Benedicto XVI en su discurso inaugural advirtió que: «Al iniciar la nueva etapa que la Iglesia misionera de América Latina y El Caribe se dispone a emprender, es condición indispensable el conocimiento profundo y vivencial de la Palabra de Dios». Y señaló la urgente necesidad de «fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida en la roca de la Palabra de Dios».

Pero, además de la escucha de la palabra de Dios en la Sagrada Escritura, también se enfatiza la necesidad de que la Iglesia sepa escuchar la voz de Dios expresada en la realidad: « Como discípulos de Jesucristo, nos sentimos interpelados a discernir los “signos de los tiempos”, a la luz del Espíritu Santo, para ponernos al servicio del Reino» (Aparecida, 33). Se insiste en que « la pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros» ya que su vida acontece en contextos socioculturales bien concretos. «Estas transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales» (Aparecida, 367). En consecuencia, no escuchar las interpelaciones de Dios en los signos de los tiempos (Los signos de los tempos son aquellos acontecimientos que expresan las necesidades y las aspiraciones más profundas del ser humano, en una época y lugar determinados, y en los cuales se puede reconocer la presencia de Dios actuante en la historia y su plan de salvación, Cf. GS, 4 ;l1» ; 44h; PO, 6b; Po, 95 AA, 14c; UR 42. SC, 43; Dl-l, 15). es tan grave como desconocer su palabra en la Sagrada Escritura. Por tanto: « Obispos, sacerdotes, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos, y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta » (Aparecida, 366).

      Concluyo mi ya larga reflexión con una invitación  de parte de Mamá María: “Hagan lo que él les diga” (Jn. 2,5)