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Homilía del Papa Benedicto XVI en la solemne apertura del año paulino.
Santidad y delegados fraternos
Señores cardenales,
venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Queridos hermanos y hermanas,
Estamos reunidos ante la tumba de san Pablo, quien nació, hace dos mil
años, en Tarso de Cilicia, en la actual Turquía. ¿Quien era este Pablo?
En el templo de Jerusalén, frente a la multitud agitada que quería
matarlo, el se presenta a sí mismo con estas palabras: «Yo soy judío,
nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a
los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la Ley de nuestros
padres; estaba lleno de celo por Dios.... Al final de su camino dirá de
sí: "yo he sido constituido heraldo y apóstol, maestro de los gentiles
en la fe y en la verdad. Maestro de los gentiles, apóstol y pregonero
de Jesucristo, así él se caracteriza a sí mismo en una mirada
retrospectiva del recorrido de su vida. Pero con ello, la mirada no va
sólo hacia el pasado. "Maestro de los gentiles- esta palabra se abre
hacia el futuro, hacia todos los pueblos y todas las generaciones.
Pablo no es para nosotros una figura del pasado, que recordamos con
veneración. Él es también nuestro maestro, apóstol y anunciador de
Jesucristo también para nosotros.
Por lo tanto, estamos reunidos no para reflexionar sobre una historia
pasada, irrevocablemente superada. Pablo quiere hablar con nosotros,
hoy. Por esto he querido convocar este especial "Año paulino": para
escucharlo y tomar ahora de èl, como nuestro maestro, en la fe y la
verdad, en la cual están radicadas las razones de la unidad entre los
discípulos de Cristo. En esta perspectiva he querido encender, para
este bimilenario del nacimiento del Apóstol, una especial "Llama
paulina", que permanecerá encendida durante todo el año, en un especial
bracero colocado en el pórtico de la basílica. Para solemnizar esta
recurrencia he inaugurado también la llamada "Puerta Paulina", a través
de la cual he entrado en la basílica acompañado por el patriarca de
Constantinopla, el cardenal Arcipreste y por otras autoridades
religiosas.
Es para mi motivo de una íntima alegría que la apertura del Año paulino
asuma un particular carácter ecuménico por la presencia de numerosos
delegados y representantes de otras iglesias y Comunidades eclesiales,
que acojo con el corazón abierto. Saludo en primer lugar a Su santidad
el patriarca Bartolomé I y a los miembros de la delegación que los
acompaña, así como al nutrido grupo de laicos de varias partes del
mundo que han venido a Roma para vivir con Él y con todos nosotros
estos momentos de oración y de reflexión. Saludo a los Delegados
Fraternos de las Iglesias que tienen un vínculo particular con el
apóstol Pablo- Jerusalén, Antioquia, Chipre, Grecia- y que forman el
ambiente geográfico de la vida del Apóstol antes de su llegada a Roma.
Saludo cordialmente a los Hermanos de las diversas Iglesias y
Comunidades eclesiales de Oriente y de Occidente, junto a todos ustedes
he querido tomar parte de este solemne inicio del Año dedicado al
Apóstol de los gentiles.
Estamos, entonces, reunidos para interrogarnos sobre el gran Apóstol de
los gentiles. Nos preguntamos, no solo: ¿Quién era Pablo? Nos
preguntamos sobretodo: ¿Quién es Pablo?, ¿Qué me dice? En esta hora,
del inicio del Año paulino que estamos inaugurando, quisiera elegir de
del rico testimonio del Nuevo testamento tres textos, en los cuales
aparece su fisonomía interior, lo específico de su carácter. En la
Carta a los Gálatas, él nos ha donado una profesión de fe muy personal,
en la cual abre su corazón frente a los lectores de todos los tiempos y
revela cual es el resorte más íntimo de su vida "Vivo en la fe del Hijo
de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí". Todo aquello que
hace Pablo, parte de este centro. Su fe es la experiencia del ser amado
por Jesucristo de manera totalmente personal; es la conciencia del
hecho que Cristo ha enfrentado la muerte no por algo anónimo, sino por
amor a él- a Pablo- y que, como resucitado, lo ama todavía, que Cristo
se ha donado por él. Su fe es el ser alcanzado por el amor de
Jesucristo, un amor que lo perturba hasta lo más íntimo y lo
transforma. Su fe no es una teoría, una opinión sobre Dios o sobre el
mundo. Su fe es el impacto del amor de Dios sobre su corazón. Y así,
esta misma fe es amor por Jesucristo.
Por muchos, Pablo es presentado como un hombre combativo que sabe
manejar la espada de la palabra. De hecho, sobre su camino de apóstol
no faltaron las disputas. No buscó una armonía superficial. En su
primera carta, aquella dirigida a los tesalonicenses, el mismo dice:
"tuvimos la valentía de predicaros el Evangelio de Dios entre
frecuentes luchas....Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con
palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia..". La verdad era para
él demasiado grande para estar dispuesto a sacrificarla en vista de un
éxito exterior. La verdad que había experimentado en el encuentro con
el Resucitado ameritaba para él la lucha, la persecución, el
sufrimiento. Pero lo que lo motivaba en lo más profundo, era el ser
amado por Jesucristo y el deseo de transmitir a otros este amor. Pablo
era alguien capaz de amar, y todo su obrar y sufrir se explica a partir
de este centro. Los conceptos fundados en su anuncio se comprenden
únicamente en base a esto. Tomemos solamente una de sus palabras
claves: la libertad. La experiencia del ser amado hasta el final por
Cristo le había abierto los ojos sobre la verdad y sobre el camino de
la existencia humana -esa experiencia abrazaba todo. Pablo era libre
como hombre amado por Dios que, en virtud de Dios, estaba en capacidad
de amar junto con Él. Este amor es ahora la "ley" de su vida y
justamente así es la libertad de su vida. Él habla y actúa movido por
la responsabilidad del amor, el es libre, y dado que es uno que ama, el
vive totalmente en la responsabilidad de este amor y no toma la
libertad como pretexto para el albedrío y el egoísmo. En el mismo
espíritu Agustín ha formulado la frase luego famosa: ama y has lo que
quieras. Quien ama a Cristo como lo ha amado pablo, puede
verdaderamente hacer lo que quiere, porque su amor está unido a la
voluntad de Cristo, y por ende, a la voluntad de Dios; porque su
voluntad está anclada en la verdad y porque su voluntad no es más que
simplemente su voluntad, arbitrio de su yo autónomo, sino que está
integrada a la libertad de Dios y de ella recibe el camino que
recorrer.
En la búsqueda de la fisonomía interior de San Pablo, quisiera, en
segundo lugar, recordar la palabra que Cristo resucitado le dirige
sobre el camino de damasco. Antes el Señor le pregunta: «Saúl, Saúl,
¿por qué me persigues?» El respondió: «¿Quién eres, Señor?» Y le es
dada la respuesta: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues".Persiguiendo a
la Iglesia, Pablo persigue al mismo Jesús. "Tu me persigues". Jesús se
identifica con la Iglesia en un solo sujeto. En esta exclamación del
resucitado, que transformó la vida de Saúl, en el fondo está contenida
toda la doctrina sobre la Iglesia como Cuerpo de Cristo. Cristo no se
ha retirado en el Cielo, dejando sobre la tierra una secuela de
seguidores que llevan adelante su causa. La Iglesia no es una
asociación que quiere promover una cierta causa. En ella no se trata de
una causa. En ella se trata de la persona de Jesucristo, que también
como Resucitado permaneció "carne". Él tiene carne y huesos", lo afirma
en Lucas el Resucitado frente a los discípulos que lo habían
considerado un fantasma. Èl tiene un cuerpo. Está personalmente
presente en la Iglesia, "Cabeza y Cuerpo" forman un único sujeto, diría
Agustín. "¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?,
escribe pablo a los Corintios. Y agrega: como según el Libro del
Génesis, el hombre y la mujer se hacen una sola carne, así Cristo con
los suyos se hace un sólo espíritu, un único sujeto en el mundo nuevo
de la resurrección. En todo esto, se visualiza el misterio eucarístico,
en el cual Cristo dona continuamente su Cuerpo y hace de nosotros su
Cuerpo: "el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?
Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues
todos participamos de un solo pan". Con estas palabras se dirige a
nosotros, en este momento, no sólo Pablo, mas el Señor mismo: ¿Cómo
habéis podido lacerar mi Cuerpo? Frente al rostro de Cristo, esta
palabra se convierte al mismo tiempo en una petición urgente: Vuelve a
juntarnos de todas las divisiones. Haz que hoy se haga nuevamente
realidad: Hay un sólo pan, por lo tanto, nosotros, a pesar de ser
mucho, somos un sólo cuerpo. Para pablo la palabra Iglesia como Cuerpo
de Cristo no es un parangón cualquiera. Va mucho más allá de un
parangón. "¿Por qué me persigues?. Continuamente Cristo nos atrae hacia
su Cuerpo, edifica su Cuerpo a partir del centro eucarístico, que para
Pablo es el centro de la existencia cristiana, en virtud del cual
todos, como también cada individuo puede de manera totalmente personal
experimentar: Él me ha amado y ha se ha dado por mí.
Quisiera concluir con una palabra tardía de San Pablo, una exhortación
a Timoteo desde la prisión, frente a la muerte. "Soporta conmigo los
sufrimientos por el Evangelio" dice el Apóstol a su discípulo. Esta
palabra, que está al final de los caminos recorridos por el apóstol
como un testamento, nos lleva hacia atrás, al comienzo de su misión.
Mientras, después del su encuentro con el resucitado, pablo se
encontraba ciego en su habitación en Damasco, Anania recibió el encargo
de ir donde el perseguidor temido e imponerle las manos, para que
recuperara la vista. A la objeción de Anania que este Saúl era un
perseguidor peligroso de los cristianos, le es dada la respuesta: Este
hombre debe llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos
de Israel. Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi
nombre". El encargo del anuncio y la llamada al sufrimiento por Cristo
van inseparablemente juntas. La Llamada a ser el maestro de las gentes
es al mismo tiempo e intrínsecamente una llamada al sufrimiento en la
comunión con Cristo, que nos ha redimido mediante su Pasión. En un
mundo en el que la mentira es potente, la verdad se paga con el
sufrimiento. Quien quiere esquivar el sufrimiento, tenerlo alejado de
sí, tiene alejada la vida misma y su grandeza; no puede ser servidor de
la verdad y así servidor de la de. No hay amor sin sufrimiento, sin el
sufrimiento de la renuncia de sí mismos, de la transformación y
purificación del yo por la verdadera libertad. Allí donde no hay nada
que valga que por ello se sufra, también la misma vida pierde su valor.
La eucaristía -el centro de nuestro ser cristianos- se funda en el
sacrificio de Jesús por nosotros, ha nacido del sufrimiento del amor
que en la Cruz encontró su culmen. Nosotros vivimos de este amor que
dona. Eso nos da la valentía y la fuerza de sufrir con Cristo y por él,
de este modo, sabiendo que justamente así nuestra vida se hace grande,
madura y verdadera. A la luz de todas las cartas de san Pablo vemos
como en su camino de maestro de las gentes se ha cumplido la profecía
de ananay en la ora de la llamada: "Yo le mostraré todo lo que tendrá
que padecer por mi nombre". Su sufrimiento lo hace creíble como maestro
de verdad, que no busca su propio provecho, la propia gloria, el placer
personal, mas se empeña pro Aquel que nos ha amado y nos se ha dado a
sí mismo por todos nosotros
En esta hora en la que agradecemos al Señor, porque ha llamado a Pablo,
haciéndolo luz de las gentes y maestro de todos nosotros, oramos: Danos
también hoy el testimonio de la resurrección, tocado por tu amor y
capaces de llevar la luz del Evangelio en nuestro tiempo. San Pablo ora
por nosotros. Amen.
[Traducción de "Radio Vaticano"]
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